domingo, 7 de abril de 2013

Canta, Francisco, ¡hermano de los pobres!


La elección del Cardenal Jorge Mario Bergoglio como el Papa Francisco, máxima autoridad de la Iglesia Católica, debo reconocer que me ha sorprendido, por muchas razones, entre las cuales: es un argentino descendiente de migrantes italianos; miembro de la Compañía de Jesús, institución religiosa fundada por Ignacio de Loyola, y considerada la congregación religiosa más influyente en el Vaticano, gozando de una posición que ni siquiera el Opus Dei se ha preciado; es un latinoamericano que conoce muy íntimamente los niveles de pobreza no sólo de su país sino de América Latina, en general; y, lo que más me sorprende es que siendo jesuita haya elegido ser llamado Francisco. Aunque hay quienes piensan que Bergoglio escogió el nombre de Francisco para llevar a cabo su apostolado no por Francisco de Asís sino por Francisco Javier, que fue un misionero jesuita y descubrió en los pobres y en la pobreza el Verdadero Evangelio de Jesús.

Nunca nos esperamos que Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, renunciara intempestivamente al ejercicio del poder en el máximo cargo de la Iglesia Católica, del cual no podía ser destronado sino por la muerte o por una rebelión interna llevada a cabo por algún Cardenal sediento de poder y dinero y con ganas de congraciarse con algún poder político o económico dominante en el mundo; sin embargo, para fortuna de los católicos, esto no ha sucedido. Los motivos por los cuales Benedicto XVI renuncia al cargo no son realmente de salud, cuando vimos a Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II, con una salud resquebrajada viajar por muchos países y llevar a los pueblos un mensaje de Paz y de Esperanza, a la manera como la Iglesia Católica entiende la paz y la esperanza. Las causas verdaderas de la renuncia de Ratzinger es la presión internacional desatada por los escándalos de pederastia. Cuando tuvo la oportunidad de corregir sus errores del pasado, Benedicto XVI ha preferido el retiro, que no es espiritual, dejando en evidencia que su poder en el Vaticano se había derrumbado y que alguien más estaba aprovechando dichos escándalos para socavar las bases de su pontificado.

Pero bien, no vamos a detenernos para hablar de lo que no hizo y de lo que pudo hacer Benedicto XVI ante los casos de pederastia que salpican la imagen redentora de la Iglesia Católica, para poder darle a su alma y a su espíritu la paz espiritual que realmente necesitaba para poder guiar a un pueblo clamoroso y sediento de justicia y de libertad, un pueblo que clama cada día por el respeto y el cumplimiento de sus derechos humanos. Ratzinger, lo mismo que su antecesor Wojtyla, fue mucho más valiente en su juventud para empuñar las armas y matar a cientos de civiles inocentes. No ha podido ser tan fiel a la misión evangelizadora y redentora encomendada por Jesucristo como lo fue con la misión de Hitler: depurar la raza aria.

Francisco I, o simplemente el Papa Francisco, ha sido electo en medio de las controversias y de los nuevos retos a los que se enfrenta la Iglesia Católica. ¿Podrá el Papa Francisco devolverle a la Iglesia Católica su carisma redentor? Lo mismo que en Asís, un pueblo de Italia, hace muchos siglos, Dios invitaba al bueno de Francisco a reparar su iglesia, parece que hoy mismo ha hecho igual con Bergoglio. Si la elección del Papa es, como dicen, obra del Espíritu Santo, ¿por qué tenía que ser de América Latina? ¿Acaso para que se cumpliera la profecía de Juan Pablo II al llamar a América “el continente de la esperanza”? ¿Qué es lo que puede aportarle al mundo, en cuestión de fe y de espiritualidad, un continente empobrecido y marginado por las suporpotencias imperialistas y de las instituciones financieras internacionales que controlan a nuestros gobiernos, a través de un hombre humilde, en apariencia sabio, sencillo, que desde el primer instante ya está dando muestras no sólo de cambio sino de transformación profunda en el quehacer de la Iglesia Católica? Probablemente el mundo estará más sorprendido aún y probablemente nuestros ojos lo verán y no lo creerán. Sólo tenemos que esperar para darnos cuenta si el pontificado de Francisco ha estado acorde con nuestras expectativas.

* * * * *

Cuando tenía dieciséis años conocí primero a Francisco de Asís y después a los franciscanos. Los datos biográficos de este gran hombre que nos ha dado la historia y el vientre de una mujer laboriosa me conmovieron en lo profundo, no sólo por su decisión radical de dejarlo todo y vivir en la más completa pobreza, siendo que dejarlo todo significaba también apartarse de su familia y de las comodidades atesoradas por su padre que era un comerciante acaudalado, sino por la firme convicción de que su vocación era seguir a  Jesucristo, escuchar su voz, su palabra, y vivir con los preceptos del Evangelio, reconociendo a los animales como hermanos, como hijos de la creación. La actitud de Francisco de Asís no sólo estuvo en contradicción con su familia sino, también, con las creencias de una Iglesia dogmática, sectorizada, acomodada y prejuiciada. ¿Habráse imaginado Francisco que al menos sus amigos pudieran seguirlo? Si primero dijeron que estaba loco, por rechazar vivir en la opulencia cuando había tantos que morían de hambre. Sorpresa fue para Francisco al saber que Clara, su gran amiga y compañera (¿y quién dice que no su novia?) fue la primera mujer y la primer persona en disponerse a compartir su nuevo modelo de vida. El hecho que haya sido Clara, quien tenía gran cercanía con Francisco, su primera discípula, me recuerda a María Magdalena que fue la primera mujer en convertirse en discípula de Jesús. María Magdalena no era prostituta, fue la Iglesia Católica que la “convirtió” en prostituta alterando los evangelios para desacreditarla.

Es así como empieza un nuevo modelo de vida que anima en la fe, la vida y la esperanza de los más pobres, los más desposeídos y propone una nueva relación armónica y espiritual entre los seres humanos y los animales. Francisco y Clara comprenden perfectamente que es preciso establecer no sólo la paz en las familias, entre los países sino, también, entre las diversas especies de la creación. Pero saben muy bien que no es con un discurso que podrán animar, sino con la actitud. Jorge Mario Bergoglio también lo sabe. El discurso se usa para denunciar las injusticias y los abusos. La acción es para amar, para redimir. Discurso y acción sólo son compatibles cuando persiguen el bien del hermano, del prójimo. En su humildad, Clara y Francisco, llaman hermanos al lobo, al pájaro, a la luna, al sol, al agua, al árbol. Y en su humildad, el Papa Francisco pide al pueblo convocado y reunido en la Plaza del Vaticano rezar por él. Y es que para poder transformar la realidad inmediata que nos rodea y nos cuestiona, es preciso estar y haber sido transformado primero. ¡Se da lo que se tiene!

Apenas tenía diecisiete años cuando sentí el deseo de vivir un poco diferente a los demás, a lo mejor una vida contemplativa. Yo quería ser como Francisco de Asís porque siendo como él era lo más cerca que podía estar de ser como Jesús. Dicho deseo lo compartí con mi amigo Jairo Rayo. Él también sentía lo mismo. Cuando acudimos para hablar con un fraile menor de la orden franciscana, medio nos contó que todo era un proceso y ellos como tal eran muy exigentes, que posiblemente nosotros éramos muy jóvenes para decidirlo, que lo pensáramos mejor. Nos fuimos a pensarlo. La inquietud siempre estuvo en mi cabeza y en mi corazón. Pocos años más tarde, leí la vida de Francisco Javier, misionero jesuita, y me impactó muchísimo su entrega, hasta causar disgusto en algunas autoridades, no sólo eclesiales sino políticas. Pensé que el hecho de haber conocido a dos Franciscos era una señal. Aparte que mi hermano muerto también se llama Francisco Javier. Entonces, ya no eran dos Franciscos, sino tres. Tres Franciscos que estuvieron dispuestos a dar la vida por sus semejantes, que estuvieron dispuestos a amar hasta las últimas consecuencias. Porque “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus hermanos”.

Y entonces ya no quise ser sólo un fraile franciscano. Quise vivir más profundo. Quise abrazar la orden de los jesuitas. Quise abrazar el sacerdocio y entregarme por completo a una vida de misión, de redención, para con los más pobres, los más desposeídos, porque “aquello que habéis hecho a mis hermanos, me lo habéis hecho a mí”. Es por eso que el Papa Francisco me ha sorprendido. Y me ha hecho, también, recordar aquellos años de mi incipiente juventud en que quise vivir al modo de Francisco de Asís y de Francisco Javier. Un estilo de vida más humano, más solidario, más cristiano, donde yo fuera un “Evangelio vivo”, como lo fue Francisco de Asís. Lamentablemente, el darme cuenta que la Iglesia Católica no es una institución que vela por el bienestar de los más pobres sino, por el contrario, sus jerarcas, viven al margen de éstos en la más grande opulencia y que quienes están encargados de darle sentido a la vida espiritual de los pueblos son quienes destruyen la poca fe que el pueblo ha alimentado, hizo que yo en  cierto sentido me volviera ateo. Me refiero al aprovechamiento de los dogmas y de las fiestas tradicionales que hacen algunos jerarcas para su enriquecimiento y a las violaciones sexuales que sufrieron muchos monaguillos, seminaristas, allegados, en manos de sus mentores. Pero, lo que realmente me hizo alejarme de la Iglesia Católica fue el hecho que quienes teniendo la autoridad, el poder y la obligación cristiana de investigar los hechos denunciados para corregir y/o resarcir los daños, pidiendo no sólo perdón a las víctimas sino entregando ante la justicia a los responsables, no lo hicieron, convirtiéndose automáticamente en cómplices de los delitos.

Aún me acuerdo de aquel misionero que en épocas de la colonia española dijo, en referencia al agravio que sufriera un grupo de indígenas: “es mayor ofensa dar una bofetada a un negro que escupir a un cristo de madera”. Porque el negro es una persona, a “imagen y semejanza de Dios”, tiene vida. En cambio, el tronco de árbol donde se esculpió el cristo de madera, ya no tiene vida.

Andando entre mis pasiones y mis deseos, buscándole un sentido a mi vida, con el que me sintiera bien, satisfecho, sin olvidar el principio franciscano de que todos somos hermanos, conocí a Leonardo Boff, teólogo brasileño, fundador de la Teología de la Liberación, con la que pretendía acercar a los pueblos latinoamericanos a un Cristo más humano, más cercano, más actualizado, que se comunica en un lenguaje sencillo, ya no con parábolas, sino que llama a las cosas por su nombre (del modo que lo hizo siempre). Pero, entonces, ya no quise ser fraile franciscano ni sacerdote jesuita, sólo quería vivir un modo de vida en solidaridad, para darle esperanzas al que la había perdido. Durante diez años ese fue mi apostolado. Compartir el Evangelio Vivo de Jesús durante las Semanas Santas de cada año con las comunidades campesinas de mi pueblo. Y cuando yo creí que estaba alejado de la Iglesia, me di cuenta que sólo me había acercado más. Sólo que lo había hecho buscando en sus raíces genuinas, en aquellos que son de verdad la inspiración de Jesús: el pobre, el desposeído, el oprimido, el que anhela libertad, no sólo la libertad física, sino espiritual, la libertad ante el sistema excluyente.

Y aunque participaba de una misión, empecé a llamarme ateo. Un “ateo-cristiano” decía yo. Algunas personas me preguntaban que cómo podía ser esa dualidad, ser ateo y cristiano a la vez, que si no era un doble discurso para sacarle provecho a algo. Convencido de que era realmente un “ateo-cristiano” respondía que el Dios que la Iglesia me había enseñado era el culpable. Que yo ya no creía (y sigo sin creer) en Dios. Sobre todo, un Dios que castiga y que te vigila para sorprenderte en pecado porque siente gran placer infligirte castigo. ¿Cómo puede ser Dios de amor un Dios que se comporta así? Jesús y Francisco de Asís me mostraron al otro Dios. Al Dios que te perdona siempre sin importarle lo bien o mal que puedas hacer las cosas. El Dios que te ama sin ponerte condiciones, sin  importarle si le hablas o no le hablas. Pero pronto me di cuenta que ese Dios tampoco existía. O más bien que el Dios que Jesús y Francisco de Asís me estaban mostrando no era realmente un Dios, sino una Diosa. Porque la misma Biblia se encargó de demostrarme que la maternidad y la paternidad exigen esfuerzos que sólo la maternidad está dispuesta a llevar a cabo para la realización del individuo como ente social, en construcción permanente. Sólo la maternidad es capaz de soportar grandes dolores para la realización de un nuevo ser humano. Sólo en la maternidad se cumple “el dar la vida por sus hermanos”. Muchas mujeres mueren al dar a luz. Los hombres aún no llegamos a esa experiencia.

Tampoco quería creer en un Dios que está sentado en un trono, peinando su barba, rodeado de vírgenes y de riquezas. Según la Iglesia Católica Dios vive en el cielo rodeado de once mil  vírgenes. ¿Para qué quiere Dios tantas vírgenes? ¿Acaso tendremos once mil nuevos redentores? ¿Será entonces que la Segunda Venida de Cristo no es más que el nacimiento de un nuevo redentor, literalmente? La Iglesia miente. Por eso no creo en la Iglesia y tampoco creo en su Dios. Sin embargo, creo en Jesús. Creo que Jesús no fundó ninguna institución religiosa. Creo que Jesús perseveró en el amor como instrumento infalible para conquistar la libertad. Creo que Jesús no sólo fue víctima del sistema político de la época sino de lo mal que los fariseos, escribas, saduceos y zelotes entendieron y comprendieron el rostro de la Madre-Dios y el nacimiento del Mesías, del Cristo, del Redentor. Si Jesús viniera hoy, o mañana, o pasado mañana, o en los próximos meses, no dudaría en acoger a tantos homosexuales que están apartados de la Iglesia Cristiana, en general, los abrazaría, y a todos aquellos que anhelan unirse en matrimonio, Jesús tampoco se los negaría, como un buen sacerdote, Jesús se pronunciaría a favor del matrimonio gay y lésbico, los casaría. Y nos recordaría Jesús que lo más importante es el amor. Y en Corintios leemos todo lo que el amor simboliza y representa. ¡El amor no es excluyente!

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Por eso digo que Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, ha sido electo en medio de una crisis no solo institucional que enfrenta la Iglesia Católica (con la corrupción denunciada en el Banco del Vaticano) sino una crisis de fe, con las imposiciones de los dogmas, sin consultarle al pueblo si quiere creer o no creer. Una crisis provocada por la exclusión, por el abuso del poder, por el acumulamiento de riquezas, por el ignorar a los pobres y desposeídos que son los consentidos de Jesús. Y yo creo que el Papa Francisco sabrá afrontar esos retos y darle a la Iglesia un nuevo rostro, uno más humano y solidario. Confío en que el carácter jesuítico y el espíritu franciscano de Bergoglio le darán las bases para tomar las decisiones más justas, acordes con la realidad. Tal vez no tendremos un pronunciamiento oficial del Vaticano a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, pero, por lo menos que el Vaticano deje de incidir en los Estados para su penalización y demonización. La Iglesia necesita verdaderas transformaciones, profundas y sociales.

La sencillez y la humildad del Papa Francisco me han hecho recordar aquellos años de mi adolescencia en que soñaba con un planeta más verde. Por eso, también espero que la Iglesia Católica se pronuncie en contra del cambio climático, del calentamiento global por causa de las emisiones de gases, que se pronuncie en contra de las deudas adquiridas por los países bajo amenazas y chantajes, que se pronuncie a favor de la soberanía de las naciones, y, sobre todo, que se una a los clamores de los pueblos que denuncian y exigen la restitución del derecho de Nuestra Madre Tierra, que demandan y exigen a los países desarrollados detener las emisiones de gases y la explotación indiscriminada de los recursos. Quiero ver una Iglesia reparada. Hace muchos siglos le tocó a Francisco de Asís recibir el llamado en la Ermita de San Damián. Ahora le tocó a Jorge Mario Bergoglio recibir el llamado en Argentina: “Francisco, ¡repara mi Iglesia!”


El Viejo, 28 de marzo de 2013


José Luis Núñez

domingo, 7 de octubre de 2012

¿Bibliotecas Públicas o Cárceles de Libros?



Es cierto que la mayor cantidad de libros posible se encuentra en las bibliotecas. Sin embargo, una biblioteca no es el lugar idóneo para un libro como tampoco la cárcel es el lugar apropiado para una persona decente y buena conducta. El encierro es para los delincuentes y criminales que atentan contra la paz y el bien común de nuestras sociedades. Pero si a un libro se le encierra detrás de una vitrina y se le pone etiquetas de clasificación sería porque alguien ya lo hubiere considerado como una amenaza, que provoca la subversión de los pueblos, que desestabiliza la tranquilidad de las sociedades anquilosadas en ideas retrógradas y falsa moral y que podría terminar en una revolución.

-José Luis Núñez (Apuntes sobre libros y literatura)


1.- Al día de hoy, y desde siempre, una biblioteca pública se parece más a una cárcel de libros que a un espacio de aprendizaje. ¿Cuáles son las razones que me motivan pensar así? Cuando trabajaba en la Fundación Libros para Niños, junto a Eduardo Báez Cruz (q.e.p.d.) y José María Campos Mercado, concebimos la teoría de que las bibliotecas no cumplen con la función primordial que es heredar y transmitir el conocimiento a los estudiantes de todos los niveles escolares (ni siquiera promueven el interés y el gusto por los libros y la lectura), sino que se dedican a reglamentar a los visitantes y a categorizar las distintas ediciones de libros. Considerando que las ediciones con que cuentan las bibliotecas públicas son, en su inmensa mayoría, obsoletas y desfasadas.

2.- Pues bien, entrémonos en materia, ¿por qué una biblioteca pública se parece más a una cárcel de libros? Primero, en las cárceles hay normativas que los reos o sus familiares no pueden y no deben transgredir, lo mismo que en las bibliotecas el usuario-lector no puede y no debe ignorar. Además, dichas normativas son tan estúpidas como las que deben cumplir los reos en las cárceles. Segundo, en las cárceles hay guardias que custodian sus instalaciones para que ni los reos se escapen ni sus familiares entren como Juan por su casa, lo mismo que en las bibliotecas hay una persona (generalmente es una señora de edad) que cuida los libros para que ningún usuario-lector se los lleve (por olvido). En las cárceles, la única persona que puede autorizar la salida de un reo o la entrada de un familiar es el alcaide o un juez competente. En la biblioteca, es la bibliotecaria o un superior quien decide el destino y uso de los libros.

3.- Podríamos encontrar más razones por las cuales una biblioteca pública hoy en día se parece más a una cárcel de libros que a un templo del saber que estimula la vida y el conocimiento. Sin embargo, preferimos profundizar más en los dos puntos señalados anteriormente, no sin antes insistir que las bibliotecas públicas deben cumplir con la función vital de transmitir el conocimiento a los estudiantes, de facilitar experiencias de aprendizajes, y deberían de asumir la responsabilidad y el compromiso de estimular experiencias lectoras agradables que las escuelas no han podido cumplir. Lamentablemente, al libro se le trata como si fuera una toxina, un agente tóxico.

3.- A continuación, listo algunas de las normativas que a mi consideración son estúpidas y que se aplican en las bibliotecas públicas. Procuraremos, hasta donde nos sea posible, establecer vínculos y relaciones, entre el trato que reciben los reos en las cárceles y el trato que reciben los libros y los usuarios en las bibliotecas públicas. Cabe aclarar que no existe una normativa estándar que los usuario de las bibliotecas públicas deban cumplir como un dogma, al pie de la letra (de ahí que entre una y otra biblioteca pública varíe el tipo de normativa, al menos en cuanto a contenido, no en sus propósitos) y que las normativas que aquí se indican se han tomado sólo como ejemplo para ilustrar el comportamiento grosero e irresponsable de las bibliotecarias.

1.- Prohibido entrar a la biblioteca en short y chinelas o con la camisa por fuera y desabrochada


4.- Una prohibición de este tipo es incompatible con el derecho que tenemos todas las personas a acceder a la literatura universal, regional y local. Y no sólo es incompatible sino, también, discriminante. ¿Cuál es el motivo que lleva a las bibliotecarias a aplicar esta normativa? Pensemos que lo hace estrictamente por orientaciones de sus superiores y no porque considere que quien visite vestido de esta manera la biblioteca pública ofende a los demás usuarios que sí visten de forma presentable, respetuosa y correcta a su encuentro con el saber. Pensemos que lo hace más por obediencia y sumisión, mismas que le permiten conservar su trabajo, y no porque sus años y sus dificultades para conciliar sus emociones con sus procesos fisiológicos (menopausia) le hayan convertido en una vieja histérica y amargada.

5.- Pienso en estos momentos en aquellos niños, niñas y adolecentes que viven en los barrios y en comunidades rurales que carecen de las condiciones económicas para vestir según la demanda de las bibliotecas públicas o más bien como lo exigen sus administradores. Por calzar de chinelas, andar sudorosos, expeliendo mal olor, los pies sucios, la cara curtida, camisa descolorida y desabrochada, se les negará toda posibilidad de acceso a la biblioteca y a los libros para poder hacer sus tareas. ¿Queremos que el futuro de nuestro país descanse de verdad en el presente de nuestra niñez? Pues dejemos a un lado las imposiciones y las estupideces que crean líneas más grandes de separación y estimulan la marginación y la discriminación por condición social y económica.

6.- Si el usuario de la biblioteca pública es estudiante de alguna institución educativa, sea primaria, secundaria o la universidad, es requisito indispensable que porte correctamente el uniforme escolar azul y blanco, su escarapela o presente su carnet de identificación (en caso de pertenecer a la comunidad educativa de un colegio privado o de una universidad) de manera que la bibliotecaria tenga la certeza de que se es una persona de confiar. ¡Habrase visto! Definitivamente, las bibliotecarias tienen tanta imaginación (esperemos que sea por haber leído tanto, por haber disfrutado tanto el placer de leer) como para suponer que el niño, la niña, el adolescente o el joven que les visita pretenda asaltarles, robarles o cometer otro delito más a la altura de un gánster.

7.- Ni en chinelas ni descalzos. Y menos en short. Con uniforme y bien presentable. Pero, ¿quién le ha dicho a la bibliotecaria o a quienes se han dedicado a imponer sus normas dentro de las bibliotecas que el usuario-lector para aprender necesita distinguirse y/o parecerse en el modo de vestir a los estudiantes light? ¿De dónde se han inventado que vestir de short, calzar chinelas o andar descalzos es no reunir los requisitos imprescindibles para acceder al aprendizaje? Tanto más aventajado económicamente puede ser un estudiante de ciudad como astuto será un estudiante de barrio o de origen campesino y ambos (si se les da la oportunidad de ponerse en contacto con los libros, sin objeciones ni limitaciones y en plena libertad) podrán desarrollar experiencias únicas, significativas y correspondientes con su entorno, sus necesidades y ambiciones tanto que su visión de desarrollo ya no será la misma.

8.- Algunas de las condiciones necesarias que se deben tomar en cuenta al momento de construir experiencias de aprendizaje podrían ser: la disposición de la persona para asimilar el conocimiento, requerir de un espacio adecuado y oportuno (que incluya la iluminación necesaria) para evitar distracciones y, por supuesto, contar con una alimentación sana y balanceada con vitaminas y proteínas que estimulen las neuronas. Además, se hacen necesarios recursos como cuadernos o libretas y lapiceros (para aquellos que acostumbran tomar notas). Todo lo demás que se diga considérese ofensivo y vulgar a la incipiente y pueril intelectualidad que a fuerza de resistencia, capricho y voluntad se va entretejiendo en las calles, en los barrios, como un parásito desesperante que amenaza, con un nuevo discurso de justicia y de igualdad, el equilibrio y la estabilidad de un sistema que no responde oportunamente a las grandes necesidades de las masas. 

2.- Solicitar y devolver a la bibliotecaria la bibliografía


9.- Por si acaso se nos olvida, la biblioteca es de uso y servicio público donde se privatiza nuestro espacio y por ende nuestro interés. Se privatizan los libros. Se privatiza el aprendizaje. ¿Existe el capitalismo salvaje dentro de las bibliotecas? ¡Claro que existe! Si los libros de una biblioteca son de utilidad pública y la biblioteca presta un (supuesto) servicio social, entonces, ¿por qué los estantes están cada vez más lejos de los usuarios-lectores? Sólo la bibliotecaria y su asistente (en caso de que la tenga) conocen la ubicación de cada libro. Al usuario-lector sólo le queda solicitarlo y luego devolverlo, no sin antes llenar la ficha. ¿Por qué negarle al usuario-lector la experiencia de explorar las profundidades mágicas de la biblioteca? ¿Por qué no permitirle que construya desde su propia búsqueda un nuevo conocimiento? Simplemente, porque esta experiencia se ha privatizado.

10.- Muy a menudo sucede que la bibliotecaria está de muy mal humor y en ocasiones se hace la sorda. Y digo que se hace la sorda porque considero que es demasiado común que casi la mayoría de las bibliotecarias te pregunten no sólo una, sino, dos, tres y hasta cuatro veces por el título del libro que uno requiere. Y si acaso dices el título del libro al revés, te corrigen con un tono poco amigable que si las palabras fulminaran nadie volvería a las bibliotecas. ¿Acaso uno no tiene derecho a equivocarse? ¿Tan perfeccionistas y arrogantes son que no te permiten la mínima distracción?

11.- Es sumamente agradable que cada usuario-lector disponga en libertad de la amplia bibliografía de que constan las bibliotecas, aunque esta bibliografía se corresponda más a ediciones con fines comerciales y no con la estimulación de experiencias placenteras. Las ediciones comerciales abundan en las bibliotecas. Y las bibliotecarias las tienen por mejores. No es una editorial o una bibliotecaria la que definirá si una publicación es buena o es mala. Y menos tenerla entre los gustos y atracciones de los usuarios-lectores. Así que estoy totalmente seguro que si al usuario-lector se le diera la oportunidad de explorar abiertamente, sin limitaciones, la estantería de las bibliotecas, probablemente desaparecerían la mayoría de los libros, tanto por no ser atractivos desde su presentación como por no contar historias que estimulen la vida.

3.- Guardar silencio mientras se consulta un libro, para no interrumpir a otros usuarios de la biblioteca


12.- Otra normativa estúpida es esta que trata del silencio, o mejor dicho la que nos manda a callar. ¿Por qué se nos manda a callar cuando estamos dialogando con nuestro mejor amigo, el libro, si la profesora o el profesor nos insisten mucho en que el libro es para dialogar? Y ellos mismos nos enseñan que el diálogo se da entre dos. No puede haber diálogo entre uno que habla y otro que calla. El silencio es de aplicación exclusiva de los dictadores, cuando sus opositores, inconformes con su realidad, denuncian atropellos, injusticias, abusos de poder, encarcelamientos, tráfico de influencias, manipulación, entonces, como represalia, se les manda a callar, ya sea arrancándoles la lengua o por medio de técnicas más solapadas.

13.- La excusa (de la bibliotecaria) girará en torno a que cuando hablamos o leemos en voz alta dentro de la biblioteca podemos distraer a otros usuarios que sí están concentrados. En pocas palabras, las personas que consultan sus libros en silencio sí saben de técnicas de estudio y aprovechan oportunamente aquel espacio. ¿Acaso uno que lee en voz alta dentro de la biblioteca no hace buen uso del espacio? ¿Bajo que parámetros o indicadores la bibliotecaria se atreve a discriminar entre quién sí hace buen uso y quién no hace buen uso de la biblioteca y de los libros? O será que ¿la bibliotecaria nos manda a callar por la simple y sencilla razón de que es una señora que pasa el mayor tiempo de su vida irritante por causa de sus insaciables deseos? Si es así, ¿qué culpa tenemos nosotros que la bibliotecaria a su edad ya no tenga las satisfacciones ni los orgasmos de su juventud?

14.- Pensemos mejor en que la bibliotecaria es una señora a la antigua, con pensamientos retrógrados, propios de la Edad Media y de la Santa Inquisición, a la que sus hijos (ya todos mayores de edad, casados y con hijos) le han provocado un disgusto. Les ha llamado la atención porque ha encontrado calcetines tirados por el suelo y ropa interior colgando de las paredes como banderas que dan la bienvenida a cierto visitante extranjero y éstos le han hecho ver que ya no son sus “niños chiquitos” sino personas adultas que pueden hacer lo que se les venga en gana. Esto le ha obligado a pensar en que todo su esfuerzo durante tantos años por inculcarles valores y hábitos correctos fue en vano. ¡El cielo se le vendrá encima!

15.- Cuando leo un libro que me interesa porque me han contado algo sobre él y su autor o porque en la escuela el profesor (o la profesora) me lo ha mandado a leer porque ahí encontraré la respuesta a mi tarea y me encuentro con palabras desconocidas, a falta de contar oportunamente con un diccionario, o frases gramaticalmente poco digeribles, redactadas en un lenguaje técnico y purista, pregunto a la persona que tengo más cerca sobre el posible significado de esas palabras y frases, de manera que si bien no tengo una definición precisa y exacta podré tener un acercamiento.

16.- Si no se nos permite leer en voz alta, entonces, nunca aprenderemos a dar la entonación adecuada a aquellas palabras cuya acentuación y pronunciación nos resulta una tortura y, menos, si se trata de frases interrogativas, exclamativas o aseverativas. ¿Por qué muchos estudiantes al día de hoy, inclusive profesores (formadores) tartamudean y cancanean al leer en voz alta y leen un texto completo de forma lineal, irrespetando hasta sus signos de acentuación y puntuación? Cada texto tiene su propia forma externa e interna. Es como una música con tonos fuertes y bajos. Cada palabra, cada frase, tienen una función específica. Crear armonía. Inspirar nostalgia, amor. Así que hablar con el libro es descubrir secretos. Leer es una verdadera aventura, es un placer de infinitas sensaciones. Aprender (hablando) es el mejor juego (literario) al que todos tenemos derecho a acceder sin límites. 

4.- No doblar ni rayar las hojas de los libros ni sentarse sobre ellos


17.- Esta prohibición se conforma de dos partes. Estoy totalmente de acuerdo con la primera. Con la segunda, tengo mis dudas. La primera parte trata sobre la prohibición de infringir daño a nuestros semejantes. ¿Es el libro nuestro semejante? Desde luego el libro es una composición de papel y el papel procede de los árboles y los árboles tienen vida, es nuestro semejante. Con la diferencia de que físicamente no se nos parece. Pero espiritualmente sí lo es: el libro respira nuestras ansias, nuestras preocupaciones, nuestros miedos, respira nuestros sueños, se queda con ellos, los toma y, lo mismo que los árboles hacen con el dióxido de carbono, nos las devuelven convertidas en esperanzas.

18.- Si con la punta de un lápiz hinco a la persona que tengo al lado en su hombro o en su brazo lo más probable es que se queje, si no de dolor, pues, de cierta incomodidad. Si tiro de los pelos a cualquier persona con seguridad gritará. Si le doy una patadita en el trasero o en la ingle (mejor no nos imaginemos lo que pasaría)… Ni más ni menos sucede con nuestro buen amigo, el libro, cuando estrujamos sus páginas, las doblamos o las rayamos. Se diferencia de nosotros, también, en que no se puede quejar de las mil y una formas que lo maltratamos. Y si pudiera hacerlo, tampoco reaccionaría de la misma manera que nosotros. Nuestra tendencia, cuando se nos agrede, es responder con grosería y violencia. Y el libro está hecho para enamorar, educar, hacer compañía, así que no esperemos de él rechazos y malos gestos. Y pregunto: ¿a quién le gustaría que sus brazos fuesen doblados hasta estirarlos o arrancarlos o que en su cuerpo se tatúe un dinosaurio con filosas navajas?

19.- La segunda parte de esta prohibición trata de algo que a lo sumo podría ser contradictorio, desde la lógica que voy a abordarlo. Partiendo del hecho de que los libros son nuestros semejantes, pues sería algo incorrecto sentarnos sobre ellos. Es como si tomáramos a la persona más querida de nuestro círculo (llámese familia, amigos, compañeros de labores, etc.) y lo tumbáramos por el suelo para sentarnos sobre su rostro. ¿Cómo se sentirá la persona que sea víctima de esta ignominia? Entonces, si los libros tuvieran la misma capacidad de sentir que nosotros, ¿cómo se ha de sentir cada vez que te sientas sobre él? Si las personas nos sentimos ofendidas cuando somos víctimas de abusos y atropellos a nuestra dignidad, pues ni más ni menos sucede con los libros.

20.- Lo otro es que las bibliotecas públicas se han modernizado tanto hasta el día de hoy que muchas ya cuentan con aire acondicionado. Si al aire acondicionado le sumamos las ventanas cerradas y las sillas y mesas de metal, pues tenemos un ambiente parecido al de los polos. Entonces se nos hielan los huesos, se nos empalidece la cara, se nos entumen las manos y los dedos y (¿por qué no reconocerlo?) hasta las nalgas sentimos que se nos han quedado atoradas a la silla, con el temor de que al levantarnos necesitaremos con urgencias de la ayuda de un paramédico. Bien, para evitar que nos suceda conforme nuestro temor, nos sentamos con las piernas cruzadas sobre la silla o mejor dicho sobre el libro que hemos dispuesto sobre la silla. Si las bibliotecas se transformaran (y sustituyeran sillas y mesas de metal por sillas y mesas de madera), nos ahorraríamos muchos inconvenientes.

5.- No arrastrar sillas y mesas, para conservarlas en buen estado


21.- Me llama mucho la atención lo que dispone esta normativa. Y para ser honesto, estoy de acuerdo con lo que pide, siempre y cuando no lo exija ni lo obligue. Arrastrar una silla o una mesa por el piso de la biblioteca provoca un chirrido delirante y atormentador para nuestros oídos. Y es que nuestros oídos son órganos altamente sensibles con funciones específicas de regular los decibeles o intensidades de los diferentes sonidos para que los podamos disfrutar. ¿Y si las sillas y mesas de la biblioteca son de metal? No sólo dañan nuestros tímpanos sino también rayan el piso. La música de todos los días, los altoparlantes de los mercados donde se anuncian productos e inclusive se ofrece el cielo, el claxon de los vehículos, los gritos en sus diferentes escenarios, tienen sus repercusiones negativas en nuestro órgano auditivo. Entonces, ¡es justo que en las bibliotecas se respete no sólo nuestro encuentro con la lectura sino también nuestra salud!

22.- Por otro lado, si sustituimos las sillas y mesas de metal por sillas y mesas de madera tendríamos un ambiente mucho más agradable en la biblioteca, pues las sillas y mesas de madera nos ponen en contacto y nos acercan al espíritu de la Madre Tierra. Y más si su diseño es rústico. En cambio, las sillas y mesas de metal son tan heladas que enfrían el ánimo, el interés, y matan toda intención de aprendizaje. Ahora bien, pensemos en lo siguiente: el libro se compone de una estructura básicamente de papel. Y el papel se elabora a partir de la corteza de los árboles. ¡Millones de árboles son decapitados a diario para que podamos disfrutar de un centenar de ediciones de literatura buena y mala! Y si las sillas y mesas en la biblioteca son de madera, entonces, ¿no se facilitaría el diálogo entre el espíritu de los bosques y el espíritu de los libros que, al fin y al cabo, contienen (y proceden) ambos la misma esencia?

23.- Entonces, ¿por qué insistir en llenar las salas de las bibliotecas con sillas y mesas de metal? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de que la biblioteca pública experimente una transformación profunda en cuanto a diseño y estética, como por ejemplo: eliminar las sillas y mesas y acondicionar la sala con cojines y petates de manera que el usuario-lector pueda concebir sus experiencias lectoras dentro de un marco de respeto a su integridad física, psíquica y emocional y por ende más agradable? La sustitución de las sillas y mesas de metal por sillas y mesas de madera (o por cojines y petates) simplemente haría inservible y más estúpida la prohibición de “no arrastre”. Y no es que se asegure que el usuario-lector será más responsable con el uso de los muebles sino, por lo menos, se estimularía el aprendizaje en condiciones más favorables.

6.- No consumir ni bebidas ni alimentos dentro de la biblioteca


24.- A algunas personas, cuando consultan un libro, les da por comer. Pero, definitivamente, hacer esto en la biblioteca sería como cometer sacrilegio o pecado capital. Sin embargo, detrás de los estantes vemos a la bibliotecaria atiborrarse de panes, frutas, tortas, bebidas, y mirando por encima de sus espejuelos y a través de las ventanas hacia el corredor. ¿Cómo es posible que la persona responsable de aplicar dicha normativa, por demás estúpida, incurra en una falta tan grave? Todo lo que puedo decir es que se trata de una persona, simplemente, con un estómago ansioso, como las hay muchas. Pero, vayamos al grano: la justificación de esta prohibición se basa en que cuando estás comiendo o bebiendo podrías manchar, aun sin querer, las páginas del libro, lo que lo dejaría con una mala presentación para otro usuario que lo necesite.

25.- Para lo anterior, sólo se me ocurre una respuesta: ¡ya no somos niños! Y tampoco somos unas personitas cualesquiera. ¡Somos lectores que hemos aprendido a tratar al libro mejor que nuestra propia familia nos ha tratado! Entonces, ¿hay o no hay que comer y beber mientras se disfruta de la placentera compañía de un libro? No sólo me parece que la prohibición es estúpida sino, también, que en las bibliotecas debería haber una cafetería donde se ofrezcan bebidas naturales y tortas hechas de maíz. ¿Y si por accidente le damos vuelta a nuestra bebida sobre el libro? ¿Y si por descuido manchamos las páginas del libro con residuos de nuestra torta? ¡Eso estaría muy mal! Para evitar cometer dichos errores se habrá de diseñar una bandeja para ubicar las bebidas y las comidas y no apretujarlas junto a los libros.    

A manera de conclusión:


26.- Todas estas normativas y otras que no he considerado hacen que las bibliotecas públicas se parezcan más a una cárcel de libros que a un lugar de encuentro con el aprendizaje, la libertad y la recreación. Es vital, para que las bibliotecas públicas cumplan con esa función específica para la cual fueron  diseñadas, instituidas y establecidas que integren dentro de sus principios (si los tienen) el respeto a la persona y a su libertad como un factor estimulante y de emancipación y que se alejen, lo más pronto posible, de la función moralizante para lo cual fueron concebidas. Si dentro de las bibliotecas públicas no hay libertad y tampoco se respeta al individuo como persona que se construye a sí misma en cada encuentro con la literatura, de nada sirven las bibliotecas y tampoco son útiles los libros que alberga. La libertad genera entusiasmo por la vida. Y la vida genera mayor entusiasmo por la adquisición de conocimientos y la asimilación de experiencias que moldean la personalidad de cada lector.

27.- Las prohibiciones, como las anotadas y comentadas arriba, sólo cumplen con la función de crear aversión en los lectores no sólo hacia los libros (que nos lo presentan como sagrados) sino, también, a las bibliotecas como espacio público y abierto para el aprendizaje y la recreación y ya no se diga hacia las bibliotecarias que por encima de sus anteojos culo de botella te echan miradas como víboras. Si los lectores se alejan de las bibliotecas, si no hay personas que las visiten de vez en cuando, entonces ¿para qué sirven? Si los libros dentro de las bibliotecas no pueden ser leídos y sus páginas se vuelven amarillas por la cantidad de polvo acumulado y las cucarachas y ratones han dejado sus cuitas sobre ellos, entonces ¿para qué sirven? Si la bibliotecaria, aun con su vestimenta estrafalaria y su cara de desconsuelo se va haciendo vieja o más vieja encerrada en la biblioteca porque ha perdido toda posibilidad de contacto con el mundo exterior, entonces ¿para qué sirve?

28.- Sobre todo lo anterior, debemos entender dos cosas. La primera es que si una biblioteca está atestada de literatura de alta calidad y actualizada pero no cuenta con visitantes (usuarios, lectores) es como una cárcel llena de reos que no reciben visita de su familia. Si la vida de una bibliotecaria (durante su jornada laboral) es demasiado aburrida contando con algunos grupos de visitantes, lo será más cuando nadie asista regularmente a las bibliotecas. Así que unos libros que no son utilizados por nadie, bien ordenaditos en sus estantes, no pueden ser otra cosa más que prisioneros (del sistema y de la bibliotecaria). La segunda es que las normas son prohibiciones que incentivan en las personas el deseo de violentarlas. No existe ninguna prohibición en el mundo que no sea violentada. Lo mismo que con los Tratados Internacionales sucede con las pequeñas leyes de un país, por muy espurio que sea.

29.- Intentaré, ahora, rescatar un punto que considero de suma importancia, por el cual no se establece ninguna relación entre los libros y los usuarios de las bibliotecas públicas y los reos de las cárceles sino, todo lo contrario, y es que, afortunadamente, a los reos (dentro de las cárceles) no se les prohíbe hablar, y en ocasiones, los reos hasta abusan de ese derecho y que dentro de la cárcel es un privilegio. O sea que de todas las libertades a las que tenemos derecho como ciudadanos el hablar es lo único que no se les restringe.


El Viejo, 22 al 25 de septiembre de 2012

José Luis Núñez